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A veces la vida parece ser más compleja de lo que es en realidad. Son pocas las ocasiones en que nos percatamos (o nos queremos percatar) que la responsabilidad de dicha complejidad es absolutamente nuestra. Si bien es cierto somos seres sociales por definición, las sensaciones que presentamos a lo que pasa a nuestro alrededor son completamente individuales; lo mismo vale para el modo en que vemos los problemas, el modo en que los asumimos, la solución que buscamos y el modo de llevarla a cabo.
Uno de los mecanismos de defensa más recurrentes que usamos es desligarnos de la culpa (más bien dicho de la responsabilidad). Si algo sucede es culpa de la sociedad, del gobierno, del barrio, del entorno, de la vida… pero fácilmente olvidamos que la sociedad no es un ente autónomo sino que un conjunto de individuos del cual formamos parte, que el gobierno lo elegimos nosotros, que el barrio está compuesto por familias dentro de las cuales también está la nuestra, que el entorno depende de quienes vivimos en él, y que la vida no se rige por si misma…
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El amor no es más que una mezcla equilibrada de funciones cerebrales superiores.
Y eso lo enaltece más, al nacer algo tan perfecto de cerebros imperfectos como los humanos.
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Aburrido de mi vida
Culpable de empeorar las vidas de las personas a las que quiero (madre, pareja, gran ex-amiga)
Sin expectativas de desarrollo profesional
Viviendo un sueño de ser artista día a día, sabiendo que no lo soy
Esperando milagros, mismos en los que no creo
Actuando una obra de teatro llamada vida en la que convenzo a todos de la realidad de mi personaje
Sintiéndome inútil en un entorno que me siente imprescindible
Escribiendo algo que ni yo debería leer…
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¿De qué sirve entregar el conocimiento
a quien no sabe cómo usarlo,
