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¿Qué opina de las ideas de Engelhardt sobre el profesional de la salud como burócrata y geógrafo de valores?
Una mirada superficial de estas afirmaciones me hace pensar en el carácter didáctico que puede haber buscado el autor para tratar de explicar las dificultades presentes al confrontar diferencias morales de fondo entre los actores de la díada personal sanitario – usuario.
Al representar al profesional como un burócrata que se dedica a recordar a sus pacientes sus derechos y los límites de estos, parecemos estar frente a un administrativo que lee una cartilla de instrucciones a quien está enfrente de él, sin importar que entienda o comparta lo que está leyendo. Si bien es cierto no es extraño encontrarnos con diferencias entre los supuestos morales de ambas partes, ellas no son sino más bien sutiles. Pese a la gran diversidad de supuestos existentes, casi todos ellos en el mundo occidental están regidos bajo la moral judeocristiana, que es la que nos gobierna ancestralmente, siendo las diferencias más bien de forma que de fondo; muchas veces corremos el riesgo de fijarnos sólo en las diferencias, mientras tenemos frente a nuestros ojos las similitudes. Obviamente los creadores de los códigos deontoógicos intentarán ordenar sus ideas de modo tal que tengan un sustento racional para poder demostrar a todos los actores la pertinencia de los enunciados; sin embargo, al revisar estos códigos no sería extraño encontrarnos con que la mayoría de las diferencias están basadas en conceptos primarios comunes. Ahora bien, desde mi punto de vista el profesional de la salud, si debe comportarse como un burócrata, debe hacerlo en toda la extensión de la palabra con todos los usuarios, y no sólo con los extraños morales; discriminar entre quienes comparten su moralidad y quienes no, pondría una suerte de muro que llevaría al profesional a preferir a unos por sobre otros, lo cual terminaría por deteriorar su calidad de atención general y su imagen frente a los usuarios, lo que en definitiva mellaría la confianza que debe existir entre el profesional y el usuario. Dentro de la práctica profesional privada esto podría no ser un problema mayor basados en la ley de la oferta y la demanda, pero en el sector público, en que en muchas ocasiones el profesional a cargo de algunos programas de salud es único, esto no puede ocurrir, pues violaría el principio de equidad.
La caracterización del personal de salud como geógrafos de valores y derechos se refiere a que cuanto más capaces son de mostrar a sus pacientes las consecuencias de sus decisiones y las razones a favor y en contra de otras posibles decisiones, más pacientes podrán elegir racionalmente y asumir sus responsabilidades con sus equipos de salud. En el texto el autor plantea un conflicto entre el deber de respetar la libertad del paciente y el deber de hacer lo que mejor responda a los intereses de dichos pacientes. Desde mi apreciación y experiencia clínica, en la medida que los profesionales somos capaces de ejercer este papel de geógrafos dicho conflicto desaparece o se minimiza, pues siempre ha de primar el principio de autonomía de la persona. En la medida que un paciente esté en pleno uso de sus facultades mentales y el profesional haya explicado todas las repercusiones positivas y negativas de las diversas alternativas respecto de la consulta del paciente en un lenguaje adecuado a la realidad de dicha persona, la decisión que tome siempre será la más adecuada a su realidad moral. Ningún profesional puede imponer su criterio al paciente, pues el acto de consultar es libre, por ende lo que la persona decida del resultado de dicha consulta también lo será. Del mismo modo en que esa persona es libre de tomar la decisión de seguir o no las indicaciones que emanen de su consulta, la responsabilidad de las consecuencias de no seguirlas recaerán sobre dicha persona, toda vez que el profesional haya cumplido adecuadamente su misión de mostrar la mayor parte de las consecuencias de las alternativas que le ofrezca al paciente. Siguiendo esta línea, el profesional deberá informar al paciente de las restricciones que le impone su propia moral respecto de alternativas terapéuticas, para que éste, ejerciendo su autonomía, decida si toma alguna de las que aquel profesional ofrece dentro de su marco valórico, o busca otro que se acerque más a sus valores.
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A partir de hoy, y con intervalos no muy fijos que digamos, les dejaré mis apreciaciones respecto de algunos temas de ética general y bioética, a propósito de un diplomado que estoy cursando este año sobre el tema en cuestión. Espero gustoso vuestras apreciaciones y comentarios.
¿Qué diferencia hay entre ética, bioética y deontología?
Para empezar me parece que todos estos conceptos están directamente relacionados entre sí. El hecho de que se manejen como ideas distintas pasa más que nada por una necesidad de hacer énfasis en los aspectos específicos de cada definición.
De los textos fundamentales se desprende que ética y bioética comparten los mismos principios, y que las diferencias van por el lado de la particularidad de los problemas que atiende la bioética, basado en la especificidad de su foco de acción, esto es, las ciencias de la vida y el cuidado de la salud. Pero para poder atender estos campos, debe partir por atender que lo hace respecto de la conducta humana, lo que es el objeto de acción de la ética general. Una vez establecido que una deriva de la otra, podemos intentar entender sus diferencias. La principal es la necesidad de tener una base científica para poder desarrollar y resolver los dilemas que se plantean; si bien es cierto todo esto está cimentado en la ética general, que de por sí se basa en conductas humanas que son analizables a la luz de cualquiera capaz de entender la diferencia entre bien y mal y que tenga arraigados, sea cual sea su origen, los principios generales que nos diferencian del resto de las especies, la vertiginosa velocidad del avance del conocimiento científico hace que cada día sea más difícil determinar los límites de estos principios (por ejemplo del término de la vida, que hoy ya no pasa por la presencia o ausencia de respiración y latido cardíaco, sino por actividad cerebral medida con un electroencefalógrafo). De este modo, la bioética evolucionará en la medida que evoluciona la tecnología, pero mantendrá su raigambre de principios éticos generales.
La deontología está definida como una de las teorías éticas principales que permite, en su carácter de marco de referencia, ayudar a conformar los modelos éticos que dan pie a las distintas concepciones y visiones de bioética; se refiere concretamente a la teoría de los deberes, y más específicamente al actuar correcto, visto como principio pues si fuera como resultado se enmarcaría más bien en la teleología. Dentro de la práctica se le puede concebir como un conjunto de deberes y obligaciones morales a seguir por un determinado grupo de profesionales (en el caso de la bioética aquellos que trabajan en ciencias de la vida y cuidado de la salud); dicho conjunto de deberes y obligaciones son los que constituyen un marco ético y por el cual se rigen los profesionales que se adscriben a colegios profesionales donde sus propios pares ejercen la tutela de los dilemas que nacen de la práctica de dicha profesión. Aquí radica la principal diferencia con la ética, pues ella no busca cumplir normas morales por el hecho que existan, sino porque en su esencia dichas normas son buenas y tienden, como fin último, a la naturaleza del espíritu humano: el bien. Por otro lado, la ética no requiere de colegios o agrupaciones de pares para sopesar tal o cual accionar, pues todos los seres humanos tenemos la capacidad de ver el bien o el mal de los actos propios y de los de los demás y por ende, de evaluar dichos actos y obrar conforme dicha evaluación, pues una de las condiciones sine qua non de la ética es la de disciplina práctica. Pero de este mismo modo, podrían existir tantas visiones de ética como individuos pensantes capaces de distinguir el bien del mal, si es que todos esos juicios estuvieran en lo correcto, o enmarcados dentro de alguna corriente filosófica o escuela moral fundada (si consideramos que cada opinión es verdadera por el solo hecho de que quien la defiende le parece como tal, caeríamos dentro de un relativismo moral no basado en principios sino en opiniones no necesariamente bien fundamentadas); por tanto, la ventaja desde esa óptica la tiene la deontología al establecer un marco teórico para cada accionar profesional, lo que permite cierta unicidad de criterios. De todos modos en el caso de la bioética, en que los avances de la ciencia hacen cambiar dichos marcos teóricos cada cierto tiempo, se puede necesitar la revisión de dichos marcos acorde a la realidad del momento. Y finalmente, pensando en que la deontología se basa en un marco moral (difícil de modificar) pero también en un marco jurídico, es que los colegios profesionales deben estar atentos a las modificaciones legales de cada país, ya sea para colaborar en su discusión y elaboración desde la experiencia de la praxis profesional, o para modificar sus códigos deontológicos y que sean acordes con la legalidad vigente.
Domingo después de almuerzo. Con el único objetivo de no tener problemas con la batería decidí sacar el bólido a dar una vuelta. Sin mediar provocación, apuro o ruta salí por las calles de Providencia a simplemente manejar por manejar. Aún vacías las calles (previo al retorno de los vacaci… perdón, de los penitentes que fueron a algún retiro espiritual a la playa a desintoxicar sus cadáveres vivientes con pescados y mariscos) tuve la extraña disyuntiva de tener que elegir por dónde y hacia dónde ir. Extraña situación para alguien acostumbrado a seguir una lógica y única ruta de ida y vuelta de lunes a viernes.
Hoy, encerrado en mi laburo y en espera del paciente que eventualmente ya no llegó, siento unas extrañas ganas de hacer lo de ayer, de tomar el bólido sin rumbo fijo y empezar a manejar porque sí, a donde sea, por donde sea, a la velocidad que el tráfico dicte (si es medianamente rápido mejor, me encanta andar rajado a 35) y sin pensar que debo llegar a algún lugar, ni cuándo debo hacerlo. Quiero manejar solo como siempre, con la música de la Futuro a todo volúmen, tarareando o simplemente griatando la canción que conozca, dejando que mi instinto y el siguiente semáforo en verde me diga “es por aquí”.
Sí, definitivamente estoy cambiando…
Recostado en un parque de noche miro el cielo despejado. Pese al ruido permanente de los autos al pasar y de las luces de la ciudad logro ver las estrellas en el engañosamente azulado cielo nocturno. Al verlas pienso en la infinita inmensidad de ese territorio que llamamos universo, y recuerdo una vieja teoría gnóstica que dice que toda nuestra realidad no es más que una imagen en la mente del Padre, y que basta con que Él deje de pensarnos para que todo lo que conocemos deje de existir.
Y mi mente vuela dentro de sí misma e imagina lo grandioso pero a la vez espeluznante que debe ser tener esa responsabilidad y ese poder, para mantener toda una realidad ilimitada (que no infinita) dentro de un pensamiento. Y de pronto imagino lo paradójico que sería que en Su magnánimo poder no tuviera conciencia de nosotros, sino que nos mantuviéramos por la inercia de Su pensamiento. Y mi blasfema mente imagina durante un par de segundos lo terrible que sería que en alguna de nuestras mentes también hubiera una creación “divina”, mantenida por la inercia o por la conciencia de algún pensamiento. De pronto, una suave caricia y un tierno beso de mi amada me distraen…
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No quiero morir pero estoy muriendo. Cada día de vida es un día menos de existencia, y que me acerca más a la hora final. No quiero morir ahora que estoy aprendiendo de nuevo a ser feliz. ¿Por qué no morí cuando estaba triste? ¿Por qué no me mató la tristeza? Es cierto que esos días igual estaba muriendo, pero ahora estoy más cerca de la muerte que entonces. ¿Acaso, tal como el dolor nos hace más fuertes, la alegría nos debilita y finalmente nos mata? Es triste despertar cada día saber que queda cada día menos vida… ¿y si esa tristeza por saberme menos vivo equilibra un poco mi felicidad por vivir cada día, y con ello mi muerte deja de estar cerca o lejos, y pasa a ser sólo una incertidumbre más en este océano de incertidumbres? ¿Es acaso que necesitamos de una dosis de tristeza para seguir con vida y poder disfrutar de las alegrías que tenemos? Pues bien, tan mal no suena. De hecho el tener esta nueva incertidumbre me provoca nuevamente temor y tristeza, y puedo equilibrar algo más mi incomprensible felicidad de hoy en día.
No quiero morir pero estoy muriendo. Y la tristeza de la certeza de mi muerte, y la incertidumbre por no tener certeza del cómo y el cuando, la alejan de mi horizonte emocional, y sólo la mantiene en el terreno racional, a la misma distancia de siempre, pero con un día menos cada día.
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Es increíble el efecto del paso del tiempo en los sentimientos. Hace 40 días estaba sumido en un estado del que no me creía capaz de salir en varios meses. Hoy en día, si bien es cierto no estoy 100% recuperado, el dolor que tenía en ese instante ya no es el mismo de ahora, de hecho más que dolor lo que siento ahora es nostalgia.
Quienes me rodean dicen que me he saltado etapas que en algún instante deberé vivir; no me queda claro si es que las he de vivir o no, pues ya no siento igual que antes, por tanto el efecto de dichas etapas ya no ha de ser el mismo en mi realidad actual. Algunos parecen estar enfadados porque no sufrí lo suficiente, como si esperaran verme mal por un largo tiempo, no sé bien para qué. Pero la mayoría me ha dado mucho apoyo y cariño, gracias a lo cual el tiempo de mi duelo ha sido menor que el esperado por mí mismo. Sinceramente espero que mi ex-pareja también esté bien, que ya no le duela todo lo que nos pasó, y que tal como yo esté buscando y encontrando un nuevo y mejor rumbo en su vida que el que podría llevar conmigo.
Es increíble el efecto del paso del tiempo en los sentimientos. Ya no siento igual, de hecho, ya no soy el mismo.
Archivado en: filosofía | Etiquetas: amor, error, flagelo, infdiferencia, odio, perdón, quiebre, sentimientos
Llevo una semana de quiebre de una relación de pareja de una década. Durante estos días me he dedicado a escribir por todos lados acerca de lo mal que estoy, en espera de lástima y de palabras de apoyo. He recibido mucho cariño de quienes considero mis amigos, y también de gente que apenas conozco, pero que ha empatizado con mi problema. Dentro de todas las cosas que se han hablado, hay dos de las cuales vale la pena discutir acá: el autoflagelo y el autoperdón.
Cuando uno ha sido el culpable del quiebre y tiene conciencia de ello, tiende a flagelarse social y psicológicamente para “expiar” el pecado cometido, cosa bastante frecuente dentro de una sociedad basada en tradiciones juedocristianas. Esta conducta en general es bastante destructiva, pues es capaz de sacar lo peor de cada cual contra uno mismo; pero a veces, y si es bien enfocada, puede llevar a enfrentar con sinceridad la causa real de dicho quiebre, y sacar lecciones suficientes al respecto para corregir los errores e intentar una nueva oportunidad, o para crecer y no volver a cometer los mismos errores en el futuro.
Cuando uno ha sido el responsable del quiebre, busca por todos los medios que la otra parte lo perdone, nuevamente basado en la tradición judeocristiana. Pero a veces olvidamos que para la otra persona no es tan fácil perdonar u olvidar lo ocurrido, o que ya le somos indiferentes. Y aquí empieza la lucha contra la propia conciencia, en busca de un algo que en un principio no somos capaces de entender, pero que con el tiempo podemos visualizar, o alguien de fuera es capaz de decirnos: el autoperdón. Por la misma causa del autoflagelo, no nos damos cuenta que nos demonizamos frente a nosotros mismos, amplificando el tamaño de nuestro error o falta a niveles definitivamente inconmensurables o estratosféricos. Y mientras esperamos que nuestra contraparte nos perdone, seguimos castigándonos y torturándonos por dentro, sin darnos cuenta que antes que el perdón del otro, es necesario el perdón con nosotros mismos. Ese perdón, el que nace de nuestra alma para con nosotros mismos, es el más difícil de lograr, pero a la vez es el signo inequívoco de que las heridas van sanando.
Y aquí estoy, intentando racionalizar algo de mi realidad de este momento frente a ustedes, mientras apreto un poco más el silicio que rodea mi alma, y no veo cerca la posibilidad de perdonarme.
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La felicidad como continuo incorruptible no existe.
De hecho no es más que escasos chispazos
dentro de la oscuridad profunda de la vida.
Pero sí, estoy tratando de sacar chispas
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Parece que ya no quedan lugares secretos en público…
no importa,
seguiré escribiendo mis públicos secretos
para que los reciba sin saber
la receptora de ellos.
A veces tiendo a encerrarme en la obtusa realidad que me rodea, en ese pequeño entorno que genera la vida que nos ha sido impuesta por la sociedad. Y cuando tengo el tiempo de conocimiento que da el ocio, y cuando dejo de hablar con quienes me rodean en la cotidianeidad del día a día y me hago el tiempo para conversar con gente sabia, es que me doy cuenta de lo tergiversadas que tengo mis prioridades. No sé si a alguno que llegue a caer por acá le pase lo mismo, pero realmente me duele darme cuenta que vivo día tras día ahogándome en pequeños vasos de agua, teniendo océanos allá afuera que esperan ser a lo menos visitados; me duele entender que lo que parece sufrimiento no pasa de ser un pequeño hoyo de media pulgada en una maratón; me duele reconocer que no soy capaz de ver, sino sólo de mirar. Y lo peor de todo es que me duele saber que, una vez que pase este tiempo de ocio y que termine la emoción de la conversación con el sabio, volveré a tener mis mismas tergiversadas prioridades. Mierda.
